Lucy Kellaway

Dos leyes de productividad:mi método para lograr más con un brazo roto

Por: Lucy Kellaway | Publicado: Lunes 25 de abril de 2016 a las 04:00 hrs.
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Hace dos semanas regresaba a casa en bicicleta después de visitar a mi padre, que se había caído y fracturado la cadera. Era una bella noche de primavera, mi bicicleta estaba recién ajustada y yo corría sintiéndome agradecida de no estar vieja, frágil e inmovilizada.

A la mitad de Dalston Lane, el joven que iba en bicicleta frente a mí dio la vuelta en una esquina demasiado rápido, perdió el control de su bici y cayó frente a mi rueda delantera. Yo me asusté, di un giro brusco y también caí. Tumbada en el asfalto, sentí un déjà vu. Lo primero que pasó por mi cabeza fue: he vuelto a tener un accidente en bicicleta.

Los lectores de esta columna estarán sintiendo un déjà vu también. No es la primera vez que han tenido que leer sobre una caída de mi modo favorito de transporte. Cuando me presenté al trabajo al día siguiente, un colega le echó una mirada a mi brazo inútil colgado en un cabestrillo, y dijo: “¡Qué fastidio! Ni siquiera podrás sacarle una buena columna, pues eso ya lo escribiste”.

En aquel momento, estuve de acuerdo. Pero dos semanas después, cambié de opinión. La cadera rota de mi padre y mi propio brazo roto me han enseñado dos lecciones sobre cómo lograr más que siento el deber de compartir.

Cuando me caí de la bicicleta el año pasado, aterricé de cara, y salí con un ojo morado y rasguños en la frente. El tema de la columna entonces fue cómo tratar de parecer una profesional cuando se luce como una víctima de abuso doméstico. Ese artículo ahora me parece de interés limitado, aunque sí recibí un correo de una mujer que se había caído de su bicicleta, había perdido siete dientes y había ido a la oficina al día siguiente para dirigir una reunión.

Esta vez lo que aprendí tiene un atractivo más amplio. Las dos fracturas ilustran dos leyes contraintuitivas de productividad que cualquiera puede usar.

La primera ley la inventé yo misma y dice así: si uno reduce la velocidad de la tecnología, irá más rápido.

Tengo una pequeña fractura en la parte superior del brazo derecho, lo cual significa que puedo mover los dedos y la muñeca, pero el brazo está amarrado y sólo puedo escribir muy despacio. En vez de ser un desastre para alguien que se pasa el día entero en el teclado me ha hecho escribir más eficientemente que en muchos años.

Ya que escribir es difícil, he tenido que practicar el muy olvidado arte de pensar antes de escribir, un requisito de la máquina de escribir manual, cuando las limitaciones de la botella de líquido corrector significaban que había que hacerlo bien al primer intento. Ahora, gracias a la infinita tolerancia a los errores de mi computadora, no pienso dos veces en hacerlo mal 20 veces antes de finalmente tomar el control y escribir algo inteligible.

Mientras que la mano derecha apenas puede escribir, operar un mouse es demasiado, y he tenido que pasarle la tarea a la mano izquierda, que está completamente incapacitada para hacerlo. Ahora veo que hacer clic en cualquier cosa me hace sentirme como un concursante en The Golden Shot, el programa de juegos de la televisión británica de la década de los 1970 en el cual un camarógrafo con los ojos vendados sostenía una ballesta y era guiado por un concursante hacia dónde debía apuntar: un poco más arriba. Pare. Un poco a la izquierda. Pare. Un poco más arriba... Fijar el maldito cursor en la posición correcta es tan difícil que la multitarea ha perdido todo su atractivo. No hay ninguna tentación de pasar el día revoloteando del correo electrónico a Twitter a eBay y de vuelta. He tenido que escoger una tarea y dedicarme a ella.

He descubierto estos placeres de la manera difícil, pero no veo por qué no se pudieran disfrutar sin caerse de una bicicleta. Cualquiera puede operar un mouse del lado equivocado, aunque debo advertir que la curva de aprendizaje es tan inclinada que después de unos pocos días la mano izquierda empezó a acostumbrarse, echando al traste la productividad.

Se necesita una solución más permanente. Los fabricantes de equipos deberían producir tecnologías incómodas —teclados anti-ergonómicos, y un mouse tan difícil de controlar como los carritos de supermercado— haciéndonos de nuevo maestros de nuestras computadoras y no al revés.

La segunda ley contraintuitiva de la productividad no es totalmente mía. C. Northcote Parkinson fue el primero en observar la indisputable verdad de que el trabajo se expande para ocupar el tiempo disponible. Pero en los últimos días he estado encogiendo el tiempo de forma tan drástica —a veces dejando de trabajar a las 4 pm para ir a ver a mi padre— que he comenzado a preguntarme si Parkinson fue suficientemente lejos. Si uno reduce las horas de trabajo, no sólo logra lo mismo, puede lograr más. Lo que puedo hacer en cuatro horas cuando estoy concentrada es más que en diez horas cuando no lo estoy.

De nuevo, no se necesita un padre con la cadera rota para animarse. Sólo se necesita algo —cualquier cosa— en nuestras vidas que reclame nuestro tiempo con más urgencia que el trabajo para movernos a toda prisa.

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