Lucy Kellaway

Amo el edificio de mi oficina a pesar de las manchas de café y los ratones

Por: Lucy Kellaway | Publicado: Lunes 7 de diciembre de 2015 a las 04:00 hrs.
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Lucy Kellaway

Financial Times ocupa un edificio audazmente mediocre en la periferia de la City de Londres, en el cual las alfombras están manchadas de café, los escritorios funcionales están alineados y los ratones merodean libremente.


Sin embargo, para mí la oficina es totalmente satisfactoria ya que tiene cada una de las cuatro cosas que más me importan. Hay gente interesante con quien hablar; mi propio escritorio que puedo dejar tan ordenado o desordenado como yo quiera; una ubicación donde es fácil llegar en bicicleta y un portero que dice, "hola Lucy" cada vez que entro.


En un mundo ideal dos cosas más serían agradables: un poco más de luz natural y la vista de otra cosa que no fuera un espantoso edificio de ladrillos rojos. Pero supongo que no se puede tener todo lo que uno quiere.


¿O sí? Durante los últimos meses he estado visitando una serie de nuevas oficinas cuyos dueños se sienten tan orgullosos de ellas que me han invitado (acompañada de un equipo de cámara del FT) a entrar en ellas a fisgonear.


Lo primero que noté fue que han mejorado los edificios de oficinas. Ya no se diseñan fábricas para oficinistas cabizbajos. Ni se construyen sitios con la intención de inspirar miedo y envidia por la extensión de la sala de recepción de mármol o el tamaño de la cascada en el interior. En cambio, el edificio de oficinas moderno es un espacio luminoso e igualitario y un templo consagrado a a la diversión y la creatividad.


No importa lo poco creativa que sea la empresa; podría ser una firma de contadores, una multinacional que vende detergente. El énfasis está en lo lúdico, con un aspecto entre jardín infantil y sala de muestras de muebles modernos.


En todas las oficinas que visité, las luces fluorescentes ya no están de moda sino las pantallas de lámparas "creativas". Los colores primarios están en todas partes. No hay líneas rectas. En CBI -el grupo de empleadores y posiblemente la organización menos lúdica de todo Reino Unido- cada empleado tiene un portavasos en su escritorio con su retrato haciendo una mueca cómica.


Todo está organizado para fomentar encuentros y conversaciones: hay "centros de actividad" y sillones tapizados en colores brillantes. Las necesidades corporales y espirituales de los trabajadores -que nunca antes les habían interesado a los diseñadores- están cubiertas. Hay lugares cómodos y privados para hacer llamadas telefónicas, comida sana, gimnasios lujosos y hasta salas de meditación.


¿Es esto el progreso? Aunque detesto los infantiles colores primarios y la insistencia en la diversión obligatoria, no puedo pretender que estas nuevas oficinas no lucen mucho más agradables que la mía. Sin embargo, no estoy segura de que hagan mucha diferencia en la experiencia de las personas que trabajan en ellas.


Ya que gimnasios y comida están ampliamente disponibles fuera de la oficina, seguramente no es una gran ventaja que también lo estén adentro. Y es difícil creer que muebles más modernos significan mayor productividad. En mi casa me preocupo por mis entornos más de lo debido. Acabo de comprar una pantalla de lámpara tan costosa que tengo que decirme a mí misma que es una obra de arte para justificar el gasto.

Pero en cuanto llego a la oficina, descanso de esos excesos materialistas. El estilo de las lámparas no me afecta en lo más mínimo. Simplemente no me importa. Nada de esto me pertenece ni es mi responsabilidad, y eso es un alivio.


Una cosa que sí codicié fueron las vistas espectaculares de Londres; estar sentada todo el día con la ciudad a mis pies tiene que ser agradable. Pero aún así, no sé cuánta diferencia haría. La oficina de FT tiene cuatro costados, tres de los cuales ofrecen vistas deprimentes, mientras que una mira sobre el Río Támesis hacia St. Paul. Pero la gente con la vista del río no me parece más productiva y más alegre que los demás.


No obstante, aún con las grandes vistas y la garbosa decoración, no cambiaría mi oficina por ninguna de las que visité. En casi todas había algo que andaba mal: demasiados escritorios estaban vacíos.


Ésta es la gran ironía de la vida laboral moderna. Justo cuando los arquitectos y diseñadores están aprendiendo a construir mejores oficinas, la gente está perdiendo el hábito de trabajar en ellas. La única oficina que estaba apropiadamente poblada era una donde trabajar en casa es mal visto y donde todo el mundo tiene su propio escritorio.


En las otras se incentivaba el trabajo flexible y había muchos escritorios compartidos. Si una persona suficientemente retrógrada llegara a aparecerse en la oficina, encontraría que la mitad de los integrantes de su equipo estaban en sus casas, y tendría que contentarse con sentarse en un escritorio cualquiera, rodeado de desconocidos.


En este contexto, el elegante diseño no tiene importancia. Después de todo, dónde está el placer de la vida de oficina si uno no puede contar con ver a las mismas personas todos los días y decirles: ¿no estuvo genial el episodio de Homeland anoche?

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